Mi casa tiene espejos

Hoy te voy a contar dos cosas: una hecho histórico y una historia vital que, en algún punto muy bien determinado, van a confluir. Aun así, te aviso de antemano, que el artículo va con altas dosis de bilis. Atente a las consecuencias de seguir leyendo. Si eres menor de edad, pide permiso a tus padres. 

Creo que huelga decir que hoy en día todos sabemos utilizar un buscador en internet. Llámalo Google, Bing o “truprimalacalva”, pero todos sabemos que si escribimos en alguno de ellos, en principio, si pagas tu cuota, internet te responde. Por tanto, este hecho histórico que te voy a contar, podrías haberlo buscado tú también. Pero bueno, entiendo que es más fácil que lo hagan por ti. Hoy, tienes la suerte de que ese “por ti” sea yo. 

Ahí va el facto histórico: los primeros espejos datan del año 6000 a.C. Se conoce que en las casas de Anatolia (eso ya buscas tú qué civilización es) los chavales y las chavalas ya contaban con ese artefacto, gracias al cual te miras y te devuelve la imagen. De hecho, si te pones delante de un espejo y mueves el brazo, la imagen que observas te devuelve el mismo movimiento. ¡Guapísimo! Bueno, guapísimo para la época, hoy en día estamos bastante acostumbrados a que nos devuelvan la cara de mierda que tenemos por la mañana. Algunos más que otros, he de decir. En fin, entre pitos y flautas, llevamos 8026 años, año arriba año abajo, disfrutando de las maravillas de un espejo. Guarda este dato, luego lo recuperamos.


Vamos a por la historia vital. Hoy, 1 de Abril de 2026 cuando escribo esto, iba en dirección a mi sesión de peluquería (sin crema hidratante, ni maquillaje, ni belleza al instante, no soy María Isabel) y me he encontrado con una vieja vecina de mi abuela. Vieja por partida doble: uno, porque lleva mucho años siendo vecina, y dos, porque tiene más año que un bosque. 


Total, que me he quitado mis auriculares y la he saludado amablemente (mis padres me criaron así, todo un encanto). Con una sonrisa me ha espetado: “A ver si vamos al gimnasio”. A lo que yo, sabiendo lo que me iba a responder perfectamente, he preguntado con fingida dulzura: “Yo ya voy, tres veces en semana, ¿por qué?”. A lo que la “zopenca” me ha respondido: “Por que si no vas se cogen kilos…”. Por supuesto, he mostrado mi mejor sonrisa y he dicho: “Pero ya veo que tu no puedes evitar coger años”. Me he puesto de nuevo mis auriculares con cancelación de sonido y la he dejado hablando sola. 


Ahora vamos a plantear todo esto como un problema matemático. Si sumamos el hecho histórico de que existen los espejos desde hace 8026 años, año arriba y año abajo, junto con el hecho vital “Si no vas al gimnasio, se cogen kilos”, sabiendo que nací en 1995 d. C., que han pasado 31 años y estamos en 2026 d.C. ¿Por qué la gente cree que los gordos no tenemos espejos en casa? 


Señora, ya se que estoy gordo, me veo todos los días en el espejo. Me veo las lorzas, las mollas y la barriga cada vez que me quito la camiseta para entrar a ducharme. Me veo como me queda la ropa y, por supuesto, gran parte de mi animadversión por la playa es por gente como usted, ya que no me apetece quitarme la camiseta para que vengas a decirme: “oye, Javi, que pasa, ¿no tienes espejos en casa?” Sí, sí que los tengo, señora. Se lo prometo. Tengo espejos maravillosos que me devuelven el reflejo cada vez que los miro. 


Aun así, no me mal interpretes. Tengo la autoestima muy alta. Prueba de ello es que, con enfado, puedo escribirte este artículo sin miedo a exponerme socialmente. Pero, entiendo que si me lo dices a mí, que me enfadas un rato, pero luego vuelvo a mi vida y se me pasa, también se lo dirás a más personas que, quizás, no tengan la cabeza tan bien amueblada como yo. Por tanto, cállese la puta boca, señora. Que se lo juro, tengo espejo.


Y es que, ¿a ti que más te da si peso 80 kg o 130 kg? Pregunto. De verdad, ¿a ti que te importa si mañana me muero de un infarto? ¿A ti en qué cambia tu vida si me da un ictus por comer bollos? Pregunto, con sinceridad. Si a mí me tiene que dar igual que fumes tabaco, que te metas una raya de cocaína cuando te de la gana, que te chufes ocho cubatas cada fin de semana o, mejor, que estés enganchada al diacepam de turno para “calmarte los nervios”, ¿por qué te importa a ti que yo esté gordo? Ah… claro, que la gordura se ve por fuera, pero pocos miramos hacia dentro. 


Los gordos tenemos espejos en casa, pero es una pena que casi nadie sea capaz de hacer un mínimo de introspección, arreglarse a sí mismo antes de intentar arreglar a los demás y, por supuesto, meterse en su puta vida


Gracias, y buenas tardes.   

Siguiente
Siguiente

El incidente del batido